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jueves, 12 de marzo de 2015

LA PIEL MARCADA. CAPÍTULO IV



    Gladys creció pegada a la tragedia que marcó su vida; estuvo siempre al cuidado de personas emocionalmente ajenas a su inocencia bajo la vigilancia de su padre que la veía crecer y convertirse en una mujercita de cabellos color de azafrán y grandes ojos soñadores que le recordaban los días vividos con su madre aquel lejano verano en la Costa Brava junto al mar.


 El poco tiempo que dedicaba a su hija, la acariciaba con sutil obscenidad, y poco a poco, a medida que Gladys crecía, crecía en su padre el deseo enfermizo de la lujuria, como crecen  las olas del océano en una noche de tormenta sin poder nadie contener el mar embravecido del instinto enfermizo hacia aquel cuerpo frágil de niña adolescente.

 Fue una noche cualquiera, lluviosa como tantas noches en aquel otoño infernal de viento y bruma cuando Thomas llegó a su casa oliendo a ginebra.



Con voz entrecortada y ronca llamó a la puerta de la habitación de Gladys; no esperó respuesta y entró; la besó y acarició de manera violenta, dejando su huella en el frágil cuerpo forzado de su hija que enmudeció de puro terror. Después se dio la vuelta, dejando al descubierto de su torso desnudo el dragón rojo tatuado en su espalda.
    La misma imagen que quedó tatuada en la mente de la pequeña Gladys. Caían los otoños por la vida de la joven como caen las hojas de los sauces, refugiándose en el estudio para eludir la presencia siempre desagradable de su progenitor.
   Thomas hacía años que había vuelto a formar pareja con una mujer de su círculo de amistades y llegó el momento que Gladys decidió volver a Madrid una vez terminados sus estudios ya que conservaba allí una vivienda heredada de sus abuelos maternos.
   Aquella joven galesa de ojos soñadores y pelo color de azafrán siempre mantuvo en secreto su infamia; nunca olvidaría aquella profanación de su infancia y eso le dificultaba enormemente mantener relaciones con hombres que se enamoraban de su exótica belleza; clausuró su corazón a cal y canto para todo enamoramiento ya no tan juvenil y veía a los hombres siempre recelosa, muy cortés y amable en el trato, pero no dejaba penetrar en su emoción ningún pequeño resquicio de confianza.
 Gran profesional, aparentemente altanera, llamaba la atención por su estilizado cuerpo y su ondulada melena cobriza, siempre subida en altos tacones que aumentaban su natural elegancia.


 Aparentemente había borrado de su cabeza su país natal, al que nunca desde entonces volvió; haciendo lavado de sus recuerdos, vivía relacionada con su  familia materna en un barrio céntrico de la capital española. 



Texto: Albertina
Imágenes cogidas de la Red. Derechos reservados

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