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domingo, 8 de marzo de 2015

LA PIEL MARCADA

CAPÍTULO I

  No hacía mucho tiempo que había dejado de llover, los adoquines rezumaban todavía  hilillos de agua que discurrían hacia abajo para ir a parar a la tapa herrumbrosa de aquel alcantarillado en medio de la calle. 
  El taconeo de Gladys acompasaba el ruidillo del agua en los desagües y la luna jugaba entre las nubes ya clareadas de aquella madrugada húmeda y pegajosa.     De cuando en cuando, pasaba un coche deslumbrando a los pocos transeúntes que circulaban a pie sorteando los charcos.  Había sido una velada para  no olvidar, planeada desde hacía meses, en aquel encuentro fortuito, en el ascensor del décimo piso de un edificio de oficinas; fue allí donde lo conoció y desde aquel momento se habían puesto en marcha todas las posibles complicidades para el reencuentro. Pasaron días y meses esperando aquel momento único en su vida; mujer de tradiciones arraigadas, vivía una existencia gris  carente de pasión, en la rutina que fluye cotidiana más allá de su trabajo profesional en una consultora financiera. Gladys levantó el cuello de su gabardina y apresuró el paso, tenía el leve presentimiento que alguien la perseguía y esa sensación hizo que el corazón acelerara su ritmo y su respiración se hiciera jadeante, miró el reloj: las tres;    demasiadas emociones concentradas en aquella inolvidable noche. 
 Había tenido valor de acudir a la cita tiempo atrás planeada, elaborando todos los detalles del encuentro. Habrían de encontrarse a medianoche, cualquier medianoche de tormenta,sin fijar ninguna fecha determinada, como un ritual mágico, minuciosamente preparado, y allí llegó.


 Como en su imaginación, encontró el ambiente: leve  música de tango argentino, champán francés en la heladera y unas cuantas rosas amarillas sutilmente colocadas.
Sus cuerpos se fundieron en un abrazo sin límites y sus ardientes labios sacaron la pasión dormida, contenida durante el tiempo de la espera, como agua retenida en  presa de altos muros, dejándose llevar por los acordes de aquel tango que sonaba en la habitación contigua filtrando sus notas por la puerta entreabierta; no dio tiempo a más, de repente, aquellas galantes palabras callaron en un instante de angustia.

     La cara del  caballero se volvió pálida y su cuerpo  se deslizó quedando de rodillas, después, tendido en la alfombra. La música había dejado de sonar y un helado silencio inundó el ambiente. Con sangre fría comprobó que nada se podía hacer por aquel cuerpo sin aliento, yerto, derrumbado en el suelo, y Gladys cogió una copa, bebió con calma un sorbo de champán, respiró hondo, cogió la gabardina, miró a través de los cristales , comprobó que había dejado de llover y dio por terminada su cita. 


Nadie la había visto llegar aquella madrugada a aquel lugar nunca antes visitado, tampoco nadie la vio salir a las tres de la mañana; solo la húmeda  noche y la tormenta fueron testigos de aquel encuentro planeado tiempo atrás  en el ascensor del décimo piso de un edificio de oficinas.     


Fotos tomadas de la red.Derechos parcialmente reservados



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