CAPÍTULO I
No hacía mucho
tiempo que había dejado de llover, los adoquines rezumaban todavía hilillos de agua que discurrían hacia abajo
para ir a parar a la tapa herrumbrosa de aquel alcantarillado en medio de la
calle.
El taconeo de Gladys acompasaba
el ruidillo del agua en los desagües y la luna jugaba entre las nubes ya
clareadas de aquella madrugada húmeda y pegajosa. De cuando en cuando, pasaba un coche
deslumbrando a los pocos transeúntes que circulaban a pie sorteando los
charcos. Había sido una velada para no olvidar, planeada desde hacía meses, en
aquel encuentro fortuito, en el ascensor
del décimo piso de un edificio de oficinas; fue allí donde lo conoció y desde
aquel momento se habían puesto en marcha todas las posibles complicidades para
el reencuentro. Pasaron días y meses esperando aquel momento único en su vida;
mujer de tradiciones arraigadas, vivía una existencia gris carente de pasión, en la rutina que fluye
cotidiana más allá de su trabajo profesional en una consultora financiera.
Gladys levantó el cuello de su gabardina y apresuró el paso, tenía el leve
presentimiento que alguien la perseguía y esa sensación hizo que el corazón
acelerara su ritmo y su respiración se hiciera jadeante, miró el reloj: las
tres; demasiadas emociones
concentradas en aquella inolvidable noche.
Había tenido valor de acudir a la cita tiempo atrás planeada, elaborando
todos los detalles del encuentro. Habrían de encontrarse a medianoche,
cualquier medianoche de tormenta,sin
fijar ninguna fecha determinada, como un ritual mágico, minuciosamente
preparado, y allí llegó.
Como en su imaginación, encontró el ambiente:
leve música de tango argentino, champán
francés en la heladera y unas cuantas rosas amarillas sutilmente colocadas.
Sus
cuerpos se fundieron en un abrazo sin límites y sus ardientes labios sacaron la
pasión dormida, contenida durante el tiempo de la espera, como agua retenida
en presa de altos muros, dejándose
llevar por los acordes de aquel tango que sonaba en la habitación contigua
filtrando sus notas por la puerta entreabierta; no dio tiempo a más, de
repente, aquellas galantes palabras callaron en un instante de angustia.
La cara
del caballero se volvió pálida y su
cuerpo se deslizó quedando de rodillas,
después, tendido en la alfombra. La música había dejado de sonar y un helado
silencio inundó el ambiente. Con sangre fría comprobó que nada se podía hacer
por aquel cuerpo sin aliento, yerto, derrumbado en el suelo, y Gladys cogió una
copa, bebió con calma un sorbo de champán, respiró hondo, cogió la gabardina,
miró a través de los cristales , comprobó que había dejado de llover y dio por
terminada su cita.
Nadie la había visto
llegar aquella madrugada a aquel lugar nunca antes visitado, tampoco nadie la
vio salir a las tres de la mañana; solo la húmeda noche y la tormenta fueron testigos de aquel
encuentro planeado tiempo atrás en el
ascensor del décimo piso de un edificio de oficinas.
Fotos tomadas de la red.Derechos parcialmente reservados




No hay comentarios:
Publicar un comentario