El dolor del enfermo se compartía, como se compartía la luz y la estancia. Las idas y venidas de enfermeras y auxiliares no pararon durante la larga noche primaveral con olor a sangre y orín, en contraste con el olor que en este tiempo inunda la ciudad.
No todo es fiesta en primavera, no todo son olores a azahares y alhelíes. Hay, a veces, olores olvidados, olores a dolor, olores a desesperanza. Se oyen a lo lejos, en la calle, tambores de pasión y en la pequeña habitación de este hospital suenan cada noche, lamentos de auténtico dolor humano.
La pasión la vive cada día Ángel, en su lecho, y su esposa, y su hermana, que lo acompañan cada noche, como María y las mujeres bíblicas acompañaban a Jesús camino del Gólgota.
Yo soy una espectadora ante tanto dolor; acompaño al enfermo que duerme en su recuperación como dormía Pedro en la noche del Prendimiento, ajeno al dolor de su compañero.
Como el río divide la ciudad, la cortina divide el mundo del dolor, de esta habitación, de luz amarillenta y olores a desesperanza.
Albertina Reinón. Textos Íntimos
Texto recuperado de mi archivo personal
Imagen de la red. Derechos reservados

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