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miércoles, 18 de mayo de 2016

EL ENCUENTRO



    El sol se despedía de la tarde con sus rayos más ocres que dorados, apuntando  un  ocaso jadeante, en aquella primavera ya decadente.

    Alguien esperaba al otro lado del rio, en un encuentro forzado, ritual , burda y toscamente preparado.

    Habían muerto ya las emociones de tanto abandono, y en el umbral de la noche, se apresuraban las aves a buscar sus refugios en aquellas rocas, horadadas por interminables temporales de viento y fuego.

    Sobre el río se reflejaban ya las primeras luces de la noche y fluía la corriente lenta y densa, a empujones, llevándose la maleza del ribazo.

    El paso de los años, se reflejaba en aquellos rostros maduros y castigados por días y días de desconsuelo y desesperanza; el tiempo estaba detenido con garras de acero en aquellas mentes antaño cómplices, y el dolor ya estaba encallecido,  cubierto de grandes placas de piel inerte.

    Eran personas muertas, máscaras,  las que concertaron la cita, esqueletos cubiertos por descoloridos ropajes y encanecidos cabellos, queriendo resucitar de las cenizas que habían cegado sus ojos hacía más de un milenio.
   Solo la muerte había calmado sus corazones malheridos.


 Albertina Reinón:  Diario de las cosas perdidas.

Pintura surrealista de Dalí

lunes, 9 de mayo de 2016

DIARIO DE LAS COSAS PERDIDAS. EL DÍA QUE PERDÍ LA VIRGINIDAD



Todos los días vamos perdiendo cosas: unas importantes,  otras menos, pero todas, insignificantes o notables, sustanciales, materiales,  tangibles, espirituales, o idealistas, todas en fin, forman parte de nuestro patrimonio, que como personas, vamos acumulando a lo largo de nuestro recorrido por la vida y que en un”plis plas” las perdemos, dejando todas y cada una de ellas su hueco en nuestra vida, su hueco y su recuerdo; recuerdo que a veces, el tiempo diluye y otras, permanece pegado a nuestra piel, hasta el final de nuestros días. 

CAPÍTULO I

 EL DÍA QUE PERDÍ LA VIRGINIDAD

     Como la mayoría de las mujeres de mi generación, digo la mayoría porque siempre hay excepciones,  perdí la virginidad el día en que el cura me dijo en un acto solemne: “Yo os declaro marido y mujer”
     Para las mujeres de mi generación perder la virginidad antes de casarse por la Iglesia- bueno, tampoco se  podía casar una de otra manera- era muchísimo peor que perder un brazo, o un ojo, porque perder la virginidad, era perder la honra, no solo la tuya, sino la de tus padres y tus hermanos, a los que todos mirarían con cierto desprecio.
    El sexto mandamiento era de estricto cumplimiento, so pena de estar bajo sospecha de no ser una persona decente.
     Afortunadamente los tiempos han cambiado a mejor.
    No quiero ni pensar la tragedia que hubiera supuesto haberle dicho  a mis padres que estaba embarazada sin haberme casado. Un horror de situación que ya procurábamos nosotras  evitar.
    Bueno, pues con este panorama, en plena efervescencia hormonal de los años   jóvenes, se formaban matrimonios casi en la adolescencia, para no vivir en pecado mortal y de paso salvar la honra de nuestras familias y todos contentos; al menos aparentemente.
   Si nunca entendí, por qué se le daba tanta importancia al sexto mandamiento, cada día que pasa lo entiendo menos.
   La práctica sexual en los humanos siempre ha estado cargada de connotaciones peligrosas y pecaminosas; siempre encaminadas a la procreación y dentro de una estructura legal.
   ¿Qué pasa con esta concepción del sexo? Pues simple y llanamente que la mayoría de las mujeres de mi generación, hemos vivido taradas la mitad de nuestra vida y de tanto frenar impulsos los impulsos terminan   por morir.
    Ahora sé, que practicar sexo con una persona que amas, no solamente no es malo sino que es buenísimo.
   Y voy más lejos, practicar sexo es bueno y saludable, siempre que sean relaciones consentidas por ambas partes y no haya perjuicio ni daño a terceros.
   Oigo a veces voces que susurran: nosotros ya no tenemos edad, y yo me quedo a cuadros,
    Claro que no tenemos edad, pero es para saltar con pértiga o para hacer el pino, o para caminar  a la pata coja cinco kilómetros.

O no estáis de acuerdo?