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domingo, 17 de enero de 2016

BLUE MONDAY


Y volvieron los perros a bajar a los valles

con el frio,

a morder mis heridas;

han olido la sangre a mil leguas,

 y sin pudor se ensañan.

Indefensa estoy ante tanta barbarie;

a dentelladas,

 taladrando mi piel,

hiriendo mis entrañas.

No hay piedad, ni razón, ni argumento,

 ni nada.

Es una pesadilla en mi sueño profundo,

bajo la tenue luz de esta noche

 tan larga.

 Testigos las estrellas son

de este cruel desencanto,

de esta injusticia,

 de este amargo lamento.

 Pausadamente va cayendo en la noche,

un manto de invisible silencio,

que oprime, que lacera

 mi impulso de alegría.

Mi llanto se desborda

gota a gota,

cual cascada minúscula

de cristal transparente.

Ya los perros no aúllan

ya calmaron su sed,

 y volvieron

cual soldado triunfante,

 después de la victoria

                                               Albertina Reinón
Imagen de la red

ALMACILES EN ENERO



Calles solitarias en enero,
  soleada mañana,
esperando expectantes,
  los sones de guitarras.


En medio de la plaza, la farola,
testigo de secretos y tertulias veladas.


Manando sin cesar a la derecha,
  la fuente centenaria.
 Agua cristalina , fresca, saciante, pura 
y solidaria…
Cantado día y noche sin descanso,
 agua y piedra hermanadas.


Presidiendo la plaza está la Iglesia,  
con su torre, su reloj y su campana,
marcando las horas y los cuartos,
 de toda la jornada.


Calles solitarias, frías , silenciosas...
 

  Ya se acercan los coros,
 con alegres guitarras,
suenan las castañuelas,
 laudes y  gargantas.

El cielo es más azul,
y la noche más larga,
 y el aire, helado y transparente,
cortando la mañana.
                                                                               Albertina Reinón

Festividad de S. Antón. Encuentro de cuadradrillas. 2016

sábado, 2 de enero de 2016

MANERAS DE VIVIR



Hace tiempo que no escribo, no    si  por pereza o porque dedico mi tiempo a otros menesteres  más urgentes  en el transcurrir de mis días.
 Mis tiempos son cada vez más lentos , rezagados y cansinos, por lo que si hace unos años mi vida era un remolino de actividad, ahora está empezando a  frenarse, ralentizarse; a veces tengo la impresión de ir cuesta arriba, con un saco de arena en mis espaldas, de tal manera que se me hace todo muchísimo más pesado.
   Será por eso quizás por lo que no me queda tiempo de hacer tanta cosa, o quizás también porque ya no me da la gana de hacer tantas cosas, por una cosa o por otra, lo cierto y verdad es que llevo ya días e incluso meses que no escribo; a lo mejor también puede ser, porque ya no tengo nada que escribir ni que contar.
    Bueno, pues el caso es que hoy, primero del año que comienza he pensado en sacarle punta al lápiz e intentar escribir cuatro cositas, de esas sin importancia, como las que yo escribo, lejanas de la filosofía y la metafísica, más cercanas quizás a la gente llana y corriente que con tanta amabilidad me lee, lo cual es de mucho agradecer.
  Y sentada frente a la lumbre, en solitario, perdida mi mirada en el fuego, oyendo el crepitar de los leños que se funden, unidos por la llama, vuelan mis pensamientos desordenados como las pavesas que ascienden buscando su salida.
   Es día de Año Nuevo y en el jardín se oyen voces y risas infantiles; son mis nietos que juegan a esconderse, o a buscar gusanos, o insectos, o a arrancar a hurtadillas alguna flor para llevársela a su mamá.
   En vísperas de Navidad me dio por hacer dulces navideños, en un ataque de nostalgia, recordando mi juventud y a mi madre que por estas fechas ya andaba de amasijos y azúcares y ahora sin embargo ni los puede probar.
  ¡Qué triste la vejez de mi madre! Ella no se merecía este final del camino tan pedregoso y con tantas limitaciones; encadenada a su silla de ruedas como potro de tortura y apagándose y consumiéndose como un viejo leño en el fuego de la vida.
   Su cara ya no es su cara, ni su cuerpo es ya su cuerpo, ni sus ojos son sus ojos, ni sus manos son sus manos; ha pasado por ella la lava de un volcán y la ha carbonizado en silencio robándole la alegría que siempre tuvo; aunque su piel sigue siendo blanca como antaño fue y las rosetas de sus mejillas se resisten a abandonarla.
  Cada tarde cuando voy a verla, me mira fijamente, sin parpadear y apenas dice tres o cuatro palabras cuando la fuerzo con preguntas; le gusta que le coja las manos y que la arrope y le de besos. Yo creo que ya le duelen hasta las pestañas, aunque si le preguntas te dice que está bien.
   En cierta ocasión escribí en mi blog un post titulado “Maneras de morir” hoy su contrapunto sería  “Maneras de vivir”

                                               Albertina Reinón. Textos Íntimos
Imagen de la red