Y
volvieron los perros a bajar a los valles
con el
frio,
a
morder mis heridas;
han
olido la sangre a mil leguas,
y sin pudor se ensañan.
Indefensa
estoy ante tanta barbarie;
a
dentelladas,
taladrando mi piel,
hiriendo
mis entrañas.
No hay piedad,
ni razón, ni argumento,
ni nada.
Es una
pesadilla en mi sueño profundo,
bajo la
tenue luz de esta noche
tan larga.
Testigos las estrellas son
de este
cruel desencanto,
de esta
injusticia,
de este amargo lamento.
Pausadamente va cayendo en la noche,
un
manto de invisible silencio,
que
oprime, que lacera
mi impulso de alegría.
Mi
llanto se desborda
gota a
gota,
cual
cascada minúscula
de
cristal transparente.
Ya los
perros no aúllan
ya
calmaron su sed,
y volvieron
cual soldado triunfante,
después de la victoria
Albertina Reinón
Imagen de la red

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