Como cada septiembre he vuelto a mi cita matinal con los
murcianos en la emblemática Plaza de la Catedral para despedir a su Patrona,
después de las fiestas.
A decir verdad, este año he visitado poco por no decir nada,
los eventos de la feria, pero llevo más de 25 años sin faltar a la cita de la
despedida.
No es que sea una persona de fe profunda, por desgracia para mí, soy en exceso analítica
y racional, lo que me produce
desasosiego en ocasiones más que frecuentes.
Admiro a las personas de fe ciega, que se creen a pie
juntillas todas las prédicas vengan de
donde vengan, estén en consonancia o no con la ley natural que nos iguala a
todas las criaturas sobre la faz de la tierra; y no será porque no lo intento,
pues en el fondo les tengo cierta envidia.
Intento de mil maneras racionalizar ciertos dogmas para
poder asimilarlos mejor, tarea harto difícil por cierto, y así encontrar la
tranquilidad de los que creen a ciegas.
En cierta ocasión una amiga mía me decía que cuando no podía
resolver cualquier problema lo ponía en manos de Dios y decía:”Como yo no puedo
resolverlo, resuélvelo Tú” y se quedaba tan “pancha”. Pues, ¡qué felicidad! Así
se libraba de muchas noches de insomnio que son las que yo me tiro al cuerpo.
Podría contar bastantes anécdotas de este calibre pero me
gusta ser breve y me abstendré de hacerlo.
Esta mañana durante el trayecto a la despedida fui cantando
canciones marianas que recuerdo de mis tiempos de interna en un colegio de
monjas, donde la meditación y la misa diaria eran obligatorias, así como el
Trisagio a la Santísima Trinidad los domingos que el sol salía y también los
que estaba nublado.
La verdad me sentía bien, canturreando recuerdos ya lejanos,
pero grabados en mi memoria y más frescos y lozanos que los que me ocurrieron
ayer; ante la estupefacción de mi esposo que me miraba de reojo mientras
conducía.
Albertina
Reinón. Textos Íntimos. Septiembre de 2015
Foto de La Opinión
