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miércoles, 22 de julio de 2015

TRUENOS,RELÁMPAGOS,DÍPTEROS E HIMENÓPTEROS



    Vana ilusión la mía en esta tarde de julio, con la canícula ensañándose en los cuerpos exhaustos de los murcianos, que aguantan con estoica resignación el paso de los días, de este verano maldito, con la ilusión de que cualquier día venidero será mejor; o sea, que al termómetro, por esos azares de la  vida, se le olvide subir un grado más.
    Pues a eso de las siete de la tarde, veo vestirse los cielos de un color grisáceo, adornado de grandes algodones, y un estruendo agradable premiaba mis oídos, olvidados ya de semejante alboroto. 
     Contenta que me puse, al observar también ráfagas luminosas sesgando la plomiza cubierta, y mucho más, cuando percibo algunos gotones cayendo como lujoso regalo, humedeciendo mi cabeza y mis brazos al descubierto, dándome ese regalo tan preciado, por escaso, en esta tierra sedienta del agua redentora.
    Pero Zeus, dios de la lluvia y el trueno, debió estar enojado esta tarde de julio, vete tú a saber por qué motivo desconocido para los viles mortales, y cerró de un portazo las puertas del Olimpo, dejando paso a su pariente Helios que en su carro de fuego, cruzaba de nuevo nuestros cielos murcianos,  friéndonos otra vez como chicharrones.
 ¡Pobres de nosotros, los mortales, indefensos ante tanta tiranía!
    Bueno, pues entre una cosa y la otra, se cubrió el cielo con el manto de la noche, e ingenua de mi, me dispongo a tomar un poco el escaso relente; a cielo ya raso y despejado, y un ejercito de mosquitos y hormigones,  acudió a mis brazos y piernas como abejas a un panaly hete aquí, que me acribillaron en un "plis – plas" , teniendo que refugiarme de súbito, bajo las alas protectoras de mi ventilador, renunciando a los árboles de mi jardín y al fresco imaginario de la noche, en este mes de julio maldito que nos ha tocado sufrir.
                                                     
                                                       Albertina Reinón. Relatos veraniegos


Foto de www.Nuestra Gente.com

lunes, 20 de julio de 2015

SALMO DEL SIGLO XXI



  Al amanecer, subiré a la cima de la montaña,
 y allí encontraré a mi Dios.
Miraré las gotas de la lluvia caer fecundando la tierra,
 y allí estará mi Dios.
Observaré  la línea del horizonte con la mar en calma, 
y allí hallaré a mi Dios.
Miraré el cielo estrellado en la noche calurosa del verano, 
y allí encontraré a mi Dios.
No necesitaré ropajes que me adornen,
 para sentir que Dios está conmigo,
 a mi lado, como Padre amoroso.
Él me acompaña en mis tribulaciones
 y me conforta en mis flaquezas,
 sin mirar mis sencillas  vestimentas.
Él sabe muy bien apartar el grano de la paja
 porque sabe leer los corazones.

Albertina Reinón. Textos Íntimos

martes, 7 de julio de 2015

CONTEMPLANDO LA NOCHE




En el Paseo de las Acacias,
 sentada en solitario,
contemplo la noche.
Es una de las muchas noches de verano,
en donde han cortado  la brisa
 que refresca los cuerpos,
 agotados por la tarde caliente,
 de fuego invisible.
El calor ha encapotado el cielo,
                                                 y  un color lechoso
                                                 oculta las estrellas. 
                                            Me dispongo a escuchar 
                                             los ruidos de la noche.
Los abrazos de una pareja
 que se acerca paseando;
 el ladrido de un perro a lo lejos;
 el sonar del frenazo de un coche
 que circula;
 el abrir de una flor en el jardín
nocturno.
Oigo a los grillos orquestando
 en el solar cercano,
 y observo la intermitente luz
de una luciérnaga.
Sólo las ranas de la balsa
 dejaron de croar;
 ellas me acompañan,
en el mutuo silencio.
 Las farolas alineadas,
 emiten una luz amarillenta,
 bordeando la calle,
 alumbrando, cual candilejas
 de un teatro a media luz.
Sola, en el Paseo de las Acacias
 contemplo la noche.
 Mi respiración se hace lenta
 y profunda,
 y traigo a mi memoria
 los años pasados,
 fugaces, como el cometa
 que atraviesa la bóveda oscura
 que me cubre.
Todos llevamos en el fondo,
 un pequeño drama,
 de final incierto
 en el teatro de la vida.
Atadas quedaron mis manos,
 con cuerdas invisibles;
el tiempo atrapó en su telaraña,
 la génesis de toda canción
 por incipiente que fuera.
Pesan mis sandalias,
cual plomizo acero.
 Se han roto mis alas.
 Se acabó mi anhelo.
 Solo hay quietud y silencio,
y una espera inquieta,
 invade mi armonía.
Al filo de la medianoche,
 sentada en solitario,
 en el Paseo de las Acacias. 
                                                      Albertina Reinón.    Textos Íntimos