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martes, 27 de octubre de 2015

DONDE HABITAN LOS SUEÑOS






     Las cámaras en las casas rurales no eran estancias principales ni lujosas, tampoco eran espacios restringidos al descanso privado del dueño y señor de la vivienda, ni al visitante de rango alguno, no, las cámaras,  en plural, eran, habitaciones rústicas a las que se accedía por un tramo o dos de escaleras y las coronaba el tejado cual sombrero, descansando en gruesos troncos encalados.
    Todavía en muchas casas de los pueblos existen, resistiéndose a desaparecer, sobre todo en las casas antiguas, recordándonos aquellos tiempos de pasado oloroso, porque cada una de ellas tenía un olor inconfundible; a veces, a hierbas aromáticas que pendían de los techos colgadas de algún clavo en la colaña, o a fruta o  a trigo o a miel.
     Cada uno de estos espacios tenía la función de albergar los más variopintos objetos que uno se puede imaginar, lo que hacía muy atractivo subir allí y escudriñar rincones en los que te podías encontrar cosas mágicas y  sorprendentes.
     La casa de mis abuelos tenía tres cámaras. En la primera se encontraban las arcas y las zafras; las arcas eran tres, dos de ellas estaban llenas de ropajes antiguos, mantas y refajos, tejidos en telares caseros, algunas cajas con objetos o estampas de santos , o recordatorios fúnebres, de personas que ya habían desaparecido,
     La tercera de las arcas, estaba llena de libros, algunos muy raros que yo no entendía; después me enteré, que estaban escritos en latín y griego,  del tiempo en que mi tío José estudiaba en el Seminario, y otros más modernos de mis tíos Ignacio y Antonio, que por aquellos años eran estudiantes.
     Mi rincón favorito, era el recodo donde se encontraba el arca de los sueños; lo mismo te encontrabas la vida de S. Benito, que al Guerrero del Antifaz, A  Julio Verne rozándose la espalda con las Moradas de Santa Teresa, o folletos con romances y canciones de ciego, o al reportero Tintín con su perro o Las mil y una noches.
     También había álbumes incompletos con estampas de futbolistas,
y otros con dibujos de Disney que muchos años después se convirtieron en dibujos animados.
     Cuántos buenos momentos pasaría yo en aquellos veranos de mi infancia en casa  de mis abuelos, en los que se juntaba la familia a pasar el estío, y yo, cuando ellos llegaban, allí comía, allí dormía y allí leía, mientras ellos hablaban de sus cosas en las sobremesas, ajenos a mis primeros descubrimientos literarios.

Albertina Reinón. Historias de vida

viernes, 2 de octubre de 2015

METÁFORA OTOÑAL



Desprendidos del árbol de la vida,
los días  lentamente van cayendo,
cubriendo cual alfombra nuestros cuerpos
crujiente  capa los instantes muertos.
Hojas de otoño, de apagado color,
ocre y  seco gris, amarillento,
  alas de mariposas   mutiladas,
 que en  vuelo leve,
  tapizan el  sendero polvoriento.

Albertina Reinón. Textos Íntimos

METÁFORA OTOÑAL




Desprendidos del árbol de la vida,
los días  lentamente van cayendo,
cubriendo cual alfombra nuestros cuerpos,
crujiente  capa los instantes muertos.
Hojas de otoño, de apagado color,
ocre y  seco gris, amarillento.
  alas de mariposas   mutiladas,
 que en  vuelo leve,
  tapizan el  sendero polvoriento.

Albertina Reinón  Textos Íntimos

COMPAÑERO INSEPARABLE



Como cada año, cambio de domicilio en otoño, bajándome a la ciudad hasta la primavera. Cada vez me cuesta más hacer la mudanza, me da pereza una vez instalada, y voy siempre como los antiguos viajantes, con el macuto  a cuestas.
Como ya los años han mermado un poco mis facultades mentales, los primeros días cuando me despierto por la noche, por alguna necesidad, tengo que pararme unos segundos a pensar: a ver, ¿a la izquierda o a la derecha?, porque en ocasiones, me he dado de bruces con alguna pared o alguna puerta, pensando, que estaba en un lugar, cuando en realidad estaba en otro. ¡Cosas de la edad!
Este año, dadas mis circunstancias, he tenido que adelantar la mudanza por motivos de mi operación y con tiempo, previne la bajada de los servicios de comunicación, esperando, ingenua de mi, que la cosa iría con más celeridad que otros anteriores, pero hete aquí, que desde el jueves pasado que me cortaron la línea , no me han conectado hasta hace escasamente unos minutos y yo, toda nervios porque,¿ qué queréis que os diga? me he acostumbrado a mi compañero de mesa y ya me resulta difícil vivir sin él.
Es, como un enamoramiento quinceañero  e ilógico, pero así es.
Teniendo mi ordenador, en el desierto no me sentiría sola, ni en medio de un agreste páramo, ni en la soledad de una casa deshabitada; siempre tendría la opción de comunicarme con el mundo y con todos vosotros, amigos, algunos sin rostro, unidos por un hilo invisible que nos hace saber, que estamos ahí, aunque no nos veamos con los ojos del cuerpo, aunque nuestras manos nunca hayan tenido contacto alguno; pero sentimos la presencia a través de este aparato que ya no podemos eliminar de nuestras vidas.
Más de veinte veces he reclamado la demora de los servicios, y más de cuarenta he tenido que repetir mi nombre , mi D.N,I, mi número de teléfono mi dirección, pulsar 1 o pulsar 2 ; he tenido que escuchar publicidad mientras esperaba respuesta, oír monótona musiquilla que no había solicitado, y aguantar a la máquina estoicamente, hasta que una voz, de allende los mares se oía a través de mi pequeño celular, transfiriéndome de uno a otro departamento, y vuelta a empezar, con la misma letanía de preguntas y respuestas , y muchos” permítame utilizar un minuto de su valiosos tiempo mientras compruebo” y yo ya al borde del ataque de nervios, por lo reiterativo del procedimiento agotador. Pero como con todo hay que tener paciencia, y yo la tengo, al día siguiente , a intentarlo de nuevo.
Mi marido, al primer intento se enfadó con la máquina y la mandó a paseo por no decir a otro sitio, pensando él que la máquina tendría corazón y entendederas.
Bueno, pues por fin, hoy me han conectado ¡Aleluya! y ya puedo entretenerme en mis días de encerrona, aquí junto a mi ventana, viendo los árboles de la plaza, las gentes deambular de allí para acá y las palomas al atardecer, picoteando alguna partícula alimenticia para ellas, y levantando el vuelo por encima de las copas de los árboles, hasta el tejado más próximo, con la ilusión de que mi  recuperación será bien pronto,
Saludos a todos mis amigos de Facebook. Vosotros me acompañáis.

Albertina Reinón . Textos cotidianos de septiembre