Como cada año, cambio de domicilio en
otoño, bajándome a la ciudad hasta la primavera. Cada vez me cuesta más hacer la
mudanza, me da pereza una vez instalada, y voy siempre como los antiguos
viajantes, con el macuto a cuestas.
Como ya los años han mermado un poco
mis facultades mentales, los primeros días cuando me despierto por la noche,
por alguna necesidad, tengo que pararme unos segundos a pensar: a ver, ¿a la
izquierda o a la derecha?, porque en ocasiones, me he dado de bruces con alguna
pared o alguna puerta, pensando, que estaba en un lugar, cuando en realidad
estaba en otro. ¡Cosas de la edad!
Este año, dadas mis circunstancias, he
tenido que adelantar la mudanza por motivos de mi operación y con tiempo,
previne la bajada de los servicios de comunicación, esperando, ingenua de mi, que la cosa iría con más celeridad que otros anteriores, pero hete aquí, que
desde el jueves pasado que me cortaron la línea , no me han conectado hasta
hace escasamente unos minutos y yo, toda nervios porque,¿ qué queréis que os diga?
me he acostumbrado a mi compañero de mesa y ya me resulta difícil vivir sin él.
Es, como un enamoramiento
quinceañero e ilógico, pero así es.
Teniendo mi ordenador, en el desierto
no me sentiría sola, ni en medio de un agreste páramo, ni en la soledad de una
casa deshabitada; siempre tendría la opción de comunicarme con el mundo y con
todos vosotros, amigos, algunos sin rostro, unidos por un hilo invisible que nos
hace saber, que estamos ahí, aunque no nos veamos con los ojos del cuerpo,
aunque nuestras manos nunca hayan tenido contacto alguno; pero sentimos la
presencia a través de este aparato que ya no podemos eliminar de nuestras
vidas.
Más de veinte veces he reclamado la
demora de los servicios, y más de cuarenta he tenido que repetir mi nombre , mi
D.N,I, mi número de teléfono mi dirección, pulsar 1 o pulsar 2 ; he tenido que
escuchar publicidad mientras esperaba respuesta, oír monótona musiquilla que no
había solicitado, y aguantar a la máquina estoicamente, hasta que una voz, de
allende los mares se oía a través de mi pequeño celular, transfiriéndome de uno
a otro departamento, y vuelta a empezar, con la misma letanía de preguntas y
respuestas , y muchos” permítame utilizar un minuto de su valiosos tiempo
mientras compruebo” y yo ya al borde del ataque de nervios, por lo reiterativo
del procedimiento agotador. Pero como con todo hay que tener paciencia, y yo la
tengo, al día siguiente , a intentarlo de nuevo.
Mi marido, al primer intento se
enfadó con la máquina y la mandó a paseo por no decir a otro sitio, pensando él
que la máquina tendría corazón y entendederas.
Bueno, pues por fin, hoy me han
conectado ¡Aleluya! y ya puedo entretenerme en mis días de encerrona, aquí junto
a mi ventana, viendo los árboles de la plaza, las gentes deambular de allí para
acá y las palomas al atardecer, picoteando alguna partícula alimenticia para
ellas, y levantando el vuelo por encima de las copas de los árboles, hasta el
tejado más próximo, con la ilusión de que mi
recuperación será bien pronto,
Saludos a todos mis amigos de
Facebook. Vosotros me acompañáis.
Albertina
Reinón . Textos cotidianos de septiembre

No hay comentarios:
Publicar un comentario