Rosa se pasaba el día gritando a los cuatro
vientos que le habían concedido la medalla.
-Rosita, ¿de qué medalla me hablas?
-De la medalla al valor, decía Rosita con
cara sonriente, dejando al descubierto algunos huecos entre sus dientes ya
gastados por los años.
A Rosa, se le iluminaba la cara cuando
pensaba en el imaginario trofeo, que con impaciencia esperaba, y allí, sentada
en su silla de ruedas, con su viejo bolso entre las manos , en aquellos largos
pasillos de la Residencia, esperaba estoicamente el día de su condecoración.
Debió de ser algún alma caritativa de las
muchas que todavía hoy quedan por el mundo quien compró en algún bazar, la
medalla más grande que pudo encontrar y se la
impuso. Desde entonces, Rosita la luce con orgullo en su pecho; una
medalla dorada, como un plato de grande, pendiendo de una cinta con los colores
de la bandera española. Rosita, muy ufana, presume y se jacta de su trofeo cada día, y lo muestra a
todo el que se acerca, a la vez que sonríe y se ahueca como un pavo cuando le
das la enhorabuena.
Hace ya varios meses que murió "La Gálvez".
Ángeles, "La Gálvez", como todos la llamaban,
se pasó los últimos años de su vida contando. A la hora que fueras, te la
encontrabas con la misma cantinela, de uno en uno del cincuenta al sesenta a grito
pelado; yo no me explico como aguantaba semejante maratón y no caía exhausta y
rendida.
Ángeles , en su juventud , debía de haber
sido una mujer de buen parecer, pero después ,sus ojos claros se vidriaron, volviéndose mortecinos, y su sonrisa se congeló,
dejando su cara inexpresiva.
Aferrada a su muñeca paseaba su cojera por
aquellos pasillos sin cesar de contar.
Como Rosita y Ángeles hay muchas mujeres en
el siglo XXI; cada una con su historia, con su equipaje, con su soledad a cuestas,
con sus sueños dormidos sin posibilidad de despertar.
Olvidaron el mundo y pasaron a vivir
en paraísos perdidos, al margen de la realidad que las envuelve.
Albertina Reinón. Historias para no contar.
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