Las cámaras en las casas rurales no eran estancias
principales ni lujosas, tampoco eran espacios restringidos al descanso privado
del dueño y señor de la vivienda, ni al visitante de rango alguno, no, las
cámaras, en plural, eran, habitaciones
rústicas a las que se accedía por un tramo o dos de escaleras y las coronaba el
tejado cual sombrero, descansando en gruesos troncos encalados.
Todavía
en muchas casas de los pueblos existen, resistiéndose a desaparecer, sobre todo
en las casas antiguas, recordándonos aquellos tiempos de pasado oloroso, porque
cada una de ellas tenía un olor inconfundible; a veces, a hierbas aromáticas
que pendían de los techos colgadas de algún clavo en la colaña, o a fruta
o a trigo o a miel.
Cada
uno de estos espacios tenía la función de albergar los más variopintos objetos
que uno se puede imaginar, lo que hacía muy atractivo subir allí y escudriñar
rincones en los que te podías encontrar cosas mágicas y sorprendentes.
La casa
de mis abuelos tenía tres cámaras. En la primera se encontraban las arcas y las
zafras; las arcas eran tres, dos de ellas estaban llenas de ropajes antiguos,
mantas y refajos, tejidos en telares caseros, algunas cajas con objetos o
estampas de santos , o recordatorios fúnebres, de personas que ya habían
desaparecido,
La
tercera de las arcas, estaba llena de libros, algunos muy raros que yo no
entendía; después me enteré, que estaban escritos en latín y griego, del tiempo en que mi tío José estudiaba en el
Seminario, y otros más modernos de mis tíos Ignacio y Antonio, que por aquellos
años eran estudiantes.
Mi
rincón favorito, era el recodo donde se encontraba el arca de los sueños; lo
mismo te encontrabas la vida de S. Benito, que al Guerrero del Antifaz, A Julio Verne rozándose la espalda con las
Moradas de Santa Teresa, o folletos con romances y canciones de ciego, o al
reportero Tintín con su perro o Las mil y una noches.
También
había álbumes incompletos con estampas de futbolistas,
y otros
con dibujos de Disney que muchos años después se convirtieron en dibujos
animados.
Cuántos
buenos momentos pasaría yo en aquellos veranos de mi infancia en casa de mis abuelos, en los que se juntaba la
familia a pasar el estío, y yo, cuando ellos llegaban, allí comía, allí dormía y
allí leía, mientras ellos hablaban de sus cosas en las sobremesas, ajenos a mis
primeros descubrimientos literarios.
Albertina
Reinón. Historias de vida

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