Vana ilusión la mía en esta tarde de julio, con la canícula ensañándose en
los cuerpos exhaustos de los murcianos, que aguantan con estoica resignación el
paso de los días, de este verano maldito, con la ilusión de que cualquier día
venidero será mejor; o sea, que al termómetro, por esos azares de la vida, se le olvide subir un grado más.
Pues a eso de las siete de la tarde, veo vestirse los cielos de un color
grisáceo, adornado de grandes algodones, y un estruendo agradable premiaba mis oídos,
olvidados ya de semejante alboroto.
Contenta que me puse, al observar también ráfagas
luminosas sesgando la plomiza cubierta, y mucho más, cuando percibo algunos
gotones cayendo como lujoso regalo, humedeciendo mi cabeza y mis brazos al
descubierto, dándome ese regalo tan preciado, por escaso, en esta tierra sedienta
del agua redentora.
Pero Zeus, dios de la lluvia y el trueno, debió estar enojado esta tarde
de julio, vete tú a saber por qué motivo desconocido para los viles mortales, y
cerró de un portazo las puertas del Olimpo, dejando paso a su pariente Helios que
en su carro de fuego, cruzaba de nuevo nuestros cielos murcianos, friéndonos otra vez como chicharrones.
¡Pobres de nosotros, los mortales, indefensos
ante tanta tiranía!
Bueno, pues entre una cosa y la otra, se cubrió el cielo con el manto de
la noche, e ingenua de mi, me dispongo a tomar un poco el escaso relente; a
cielo ya raso y despejado, y un ejercito de mosquitos y hormigones, acudió a mis brazos y piernas como abejas a un
panal; y hete aquí, que me acribillaron
en un "plis – plas" , teniendo que refugiarme de súbito, bajo las alas protectoras
de mi ventilador, renunciando a los árboles de mi jardín y al fresco imaginario
de la noche, en este mes de julio maldito que nos ha tocado sufrir.
Albertina
Reinón. Relatos veraniegos
Foto de www.Nuestra Gente.com

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