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martes, 7 de julio de 2015

CONTEMPLANDO LA NOCHE




En el Paseo de las Acacias,
 sentada en solitario,
contemplo la noche.
Es una de las muchas noches de verano,
en donde han cortado  la brisa
 que refresca los cuerpos,
 agotados por la tarde caliente,
 de fuego invisible.
El calor ha encapotado el cielo,
                                                 y  un color lechoso
                                                 oculta las estrellas. 
                                            Me dispongo a escuchar 
                                             los ruidos de la noche.
Los abrazos de una pareja
 que se acerca paseando;
 el ladrido de un perro a lo lejos;
 el sonar del frenazo de un coche
 que circula;
 el abrir de una flor en el jardín
nocturno.
Oigo a los grillos orquestando
 en el solar cercano,
 y observo la intermitente luz
de una luciérnaga.
Sólo las ranas de la balsa
 dejaron de croar;
 ellas me acompañan,
en el mutuo silencio.
 Las farolas alineadas,
 emiten una luz amarillenta,
 bordeando la calle,
 alumbrando, cual candilejas
 de un teatro a media luz.
Sola, en el Paseo de las Acacias
 contemplo la noche.
 Mi respiración se hace lenta
 y profunda,
 y traigo a mi memoria
 los años pasados,
 fugaces, como el cometa
 que atraviesa la bóveda oscura
 que me cubre.
Todos llevamos en el fondo,
 un pequeño drama,
 de final incierto
 en el teatro de la vida.
Atadas quedaron mis manos,
 con cuerdas invisibles;
el tiempo atrapó en su telaraña,
 la génesis de toda canción
 por incipiente que fuera.
Pesan mis sandalias,
cual plomizo acero.
 Se han roto mis alas.
 Se acabó mi anhelo.
 Solo hay quietud y silencio,
y una espera inquieta,
 invade mi armonía.
Al filo de la medianoche,
 sentada en solitario,
 en el Paseo de las Acacias. 
                                                      Albertina Reinón.    Textos Íntimos 


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