En el Paseo de las Acacias,
sentada en solitario,
contemplo la noche.
Es una de las muchas noches de verano,
en donde han cortado la brisa
que refresca los
cuerpos,
agotados por la tarde
caliente,
de fuego invisible.
El calor ha encapotado el
cielo,
y un
color lechosooculta las estrellas.
Me dispongo a escuchar
los ruidos de la noche.
Los abrazos de una pareja
que se acerca
paseando;
el ladrido de un
perro a lo lejos;
el sonar del frenazo
de un coche
que circula;
el abrir de una flor
en el jardín
nocturno.
Oigo a los grillos orquestando
en el solar cercano,
y observo la
intermitente luz
de una luciérnaga.
Sólo las ranas de la balsa
dejaron de croar;
ellas me acompañan,
en el mutuo silencio.
Las farolas alineadas,
emiten una luz
amarillenta,
bordeando la calle,
alumbrando, cual
candilejas
de un teatro a media
luz.
Sola, en el Paseo de las Acacias
contemplo la noche.
Mi respiración se
hace lenta
y profunda,
y traigo a mi memoria
los años pasados,
fugaces, como el
cometa
que atraviesa la
bóveda oscura
que me cubre.
Todos llevamos en el fondo,
un pequeño drama,
de final incierto
en el teatro de la
vida.
Atadas quedaron mis manos,
con cuerdas invisibles;
el tiempo atrapó en su telaraña,
la génesis de toda
canción
por incipiente que
fuera.
Pesan mis sandalias,
cual plomizo acero.
Se han roto mis alas.
Se acabó mi anhelo.
Solo hay quietud y
silencio,
y una espera inquieta,
invade mi armonía.
Al filo de la medianoche,
sentada en solitario,
en el Paseo de las Acacias.
Albertina
Reinón. Textos Íntimos

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