Todos los días vamos
perdiendo cosas: unas importantes, otras menos, pero todas,
insignificantes o notables, sustanciales, materiales, tangibles, espirituales, o idealistas, todas
en fin, forman parte de nuestro patrimonio, que como personas, vamos acumulando
a lo largo de nuestro recorrido por la vida y que en un”plis plas” las
perdemos, dejando todas y cada una de ellas su hueco en nuestra vida, su hueco
y su recuerdo; recuerdo que a veces, el tiempo diluye y otras, permanece pegado
a nuestra piel, hasta el final de nuestros días.
CAPÍTULO I
EL DÍA QUE PERDÍ LA VIRGINIDAD
Como la mayoría de las mujeres de mi generación, digo la mayoría porque siempre
hay excepciones, perdí la virginidad el día en que el cura me dijo en un
acto solemne: “Yo os declaro marido y mujer”
Para las mujeres de mi generación perder la virginidad antes de casarse por la
Iglesia- bueno, tampoco se podía casar
una de otra manera- era muchísimo peor que perder un brazo, o un ojo, porque
perder la virginidad, era perder la honra, no solo la tuya, sino la de tus
padres y tus hermanos, a los que todos mirarían con cierto desprecio.
El
sexto mandamiento era de estricto cumplimiento, so pena de estar bajo sospecha
de no ser una persona decente.
Afortunadamente los tiempos han cambiado a mejor.
No
quiero ni pensar la tragedia que hubiera supuesto haberle dicho a mis padres que estaba embarazada sin
haberme casado. Un horror de situación que ya procurábamos nosotras evitar.
Bueno, pues con este panorama, en plena efervescencia hormonal de los años jóvenes, se formaban matrimonios casi en la adolescencia, para no vivir en pecado mortal y de paso salvar la honra de
nuestras familias y todos contentos; al menos aparentemente.
Si nunca
entendí, por qué se le daba tanta importancia al sexto mandamiento, cada día
que pasa lo entiendo menos.
La práctica sexual en los humanos siempre ha
estado cargada de connotaciones peligrosas y pecaminosas; siempre encaminadas a
la procreación y dentro de una estructura legal.
¿Qué
pasa con esta concepción del sexo? Pues simple y llanamente que la mayoría de
las mujeres de mi generación, hemos vivido taradas la mitad de nuestra vida y
de tanto frenar impulsos los impulsos terminan
por morir.
Ahora sé, que
practicar sexo con una persona que amas, no solamente no es malo sino que es
buenísimo.
Y voy
más lejos, practicar sexo es bueno y saludable, siempre que sean relaciones
consentidas por ambas partes y no haya perjuicio ni daño a terceros.
Oigo a
veces voces que susurran: nosotros ya no tenemos edad, y yo me quedo a cuadros,
Claro que no tenemos edad, pero es para saltar con pértiga o para hacer el
pino, o para caminar a la pata coja
cinco kilómetros.
O no estáis de
acuerdo?

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