El día amaneció espléndido,el sol lucía radiante y los árboles del parque rezumaban todavía gotas de agua como perlas albergadas en sus ramas a causa de la última tormenta.
Gladys se despertó tarde aquella mañana de septiembre;no había descansado lo suficiente aquella noche; sus piernas le pesaban; estaba un poco aturdida; le costaba trabajo separar la realidad de la ficción; por un momento,pensó en que todo había sido un sueño y el día le daba la bienvenida con esa luz que se filtraba a través de los visillos blancos del balcón de su alcoba.
Como era habitúal en ella, tomó una ducha caliente y envuelta en su albornoz se dirigíó a la cocina, puso la cafetera y encendió la radio; minutos de música clásica y noticias recientes de la mañana; el corazón le dió un vuelco en el momento que escuchó:Ha sido encontrado muerto en su domicilio el empresario argentino Augusto Montenegro.
Raimundo Montenegro vivía a caballo entre Buenos Aires y Madrid; era conocido en amplios círculos sociales vinculados a los negocios del comercio internacional relacionados con la industria papelera.
Poco a poco, Gladys fue tomando conciencia del alcance de su visita la noche anterior al apartamento de lujo en aquella avenida de la gran ciudad.
Raimúndo Montenegro no tendría más de cincuenta años;era moreno, de profundos ojos color de azabache, alto y delgado;le gustaba vestir elegante.
Aquella mañana su asistenta lo encontró tendido en la alfombra e inmediatamente llamó al teléfono de emergencias:
-¡Vengan rápido por favor! ,he encontrado a mi jefe tirado en la alfombra y con un cuchillo clavado en la espalda, pienso que está muerto-
Los servicios de emergencia se personaron en pocos minutos.
El portero de la finca cuchicheaba con el vecino del quinto y ambos no daban crédito a lo sucedido.
Aquel señor tan elegante, que saludaba siempre con amabilidad, con ese melodioso acento extranjero, arrastrando las palabras como se arrastran los pies al bailar un viejo tango en su lejano y añorado Buenos Aires.
La brisa de la mañana movía las cortinas del ventanal entreabierto y allá abajo,la prisa y el tráfico inauguraban un nuevo día cargado de misterio.
Texto Albertina
Fotos tomadas de la Red. Derechos reservados.

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