El sol se despedía de la tarde con sus
rayos más ocres que dorados, apuntando
un ocaso jadeante, en aquella
primavera ya decadente.
Alguien esperaba al otro lado del rio, en
un encuentro forzado, ritual , burda y toscamente preparado.
Habían muerto ya las emociones de tanto
abandono, y en el umbral de la noche, se apresuraban las aves a buscar sus
refugios en aquellas rocas, horadadas por interminables temporales de viento y fuego.
Sobre el río se reflejaban ya las primeras
luces de la noche y fluía la corriente lenta y densa, a empujones, llevándose
la maleza del ribazo.
El paso de los años, se reflejaba en
aquellos rostros maduros y castigados por días y días de desconsuelo y
desesperanza; el tiempo estaba detenido con garras de acero en aquellas mentes
antaño cómplices, y el dolor ya estaba encallecido, cubierto de grandes placas de piel inerte.
Eran personas muertas, máscaras, las que concertaron la cita, esqueletos
cubiertos por descoloridos ropajes y encanecidos cabellos, queriendo resucitar
de las cenizas que habían cegado sus ojos hacía más de un milenio.
Solo la
muerte había calmado sus corazones malheridos.
Albertina Reinón: Diario de las cosas perdidas.
Pintura surrealista de Dalí

Eres estupenda pero con la pluma eres genial,¿ no has pensado nunca en escribir un libro ?. En mí tendrías una incondicional. Un abrazo
ResponderEliminarEres estupenda pero con la pluma eres genial,¿ no has pensado nunca en escribir un libro ?. En mí tendrías una incondicional. Un abrazo
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