En una eterna ausencia,
se deslizaban aquellos días,
ya mediado el otoño.
Ajenos los cuerpos, irreconocibles,
habían perdido la fragancia, quedando
su geometría asimétrica
como la tosca greda al final del estío.
Es tarde de tormenta seca
con olor a desierto,
y el alma clama a gritos
el rocío de unos labios, los abrazos ausentes.
El sudor de los cuerpos, después de la batalla
se había tornado frío, neutral,
indiferente, punzante, y doloroso;
atrás quedaron
aquellas fecundas primaveras,
y aquellos dulces frutos
preñados de ambrosía,
dieron paso a un mundo entero a la deriva,
en una eterna ausencia,
navegando en el mar de la añoranza.
Albertina Reinón

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