Los meses de mayo y junio son los meses
por excelencia para celebrar las Primeras Comuniones.
Asisto con estupefacción a estos eventos
cuando se me requiere por circunstancias familiares o de amistad cercana de los
comulgantes, y tengo que decir, que más
que una experiencia religiosa, me parecen funciones de teatro; unas con guión estricto y otras, a desbandada; no
sabiendo cuál es la mejor.
Estos eventos, que deberían ser
entrañables para los creyentes, se han mercantilizado y han entrado a saco en
una sociedad de consumo cada vez más voraz.
Recuerdo que mi Primera Comunión fue
en pleno verano, concretamente un mes de agosto ya muy lejano en el tiempo,
pero cercano en la memoria. Me dieron la Comunión, mis tíos, ambos sacerdotes;
Antonio El Pavero, tío carnal de mi
padre y José, hermano de mi madre.
Concelebraron la Misa el día de La
Virgen de agosto en el que yo recibí la Primera Comunión.
Bueno, ya contaré en otra ocasión, mi
relación con los curas de mi familia, que ha sido mucha, en el caso de mi tío
José y menos en el caso de mi tío Antonio El Pavero , al que todos sus sobrinos
le llamaba: Chache Antonio. En cualquier caso la suficiente relación para saber
de curas y de obispos.
A lo que iba.
Para mi Primera Comunión, me vistieron de
largo y de blanco, con un casquete y un velo que me llegaba a los pies,
privilegio que tuve, en aquellos años de carencias económicas en muchas
familias , cuyos hijos hacían la Primera Comunión de corto, como se decía, y
que consistía en una vestimenta corriente ,para poder ser utilizada con
posterioridad; la verdad hay que decir, que nosotros no es que fuéramos ricos,
pero mis padres nos han criado como si lo fuéramos; vete tú a saber a costa de
qué sacrificios sería.
Siguiendo con el ritual, me tuvieron en
ayunas desde la noche anterior, para poder comulgar, como decía el catecismo del
Padre Ripalda, el cual, nos teníamos que saber de memoria; también teníamos que confesarnos
la víspera a última hora, para que no nos diera tiempo a pecar otra vez, antes de
comulgar.
Me extrañó mucho que mi padre no acompañara a mi madre a comulgar conmigo,
pero nunca se lo pregunté; con posterioridad me enteré, que a mi padre no le gustaba confesar con
curas; él decía que le gustaba más confesarse con Dios, pero a los curas no les
gustaba esa confesión, así que no podía comulgar; cosas de los curas, decía. Y
es que en aquellos años el Papa Francisco todavía no era Papa.
Al salir de la Iglesia, no fuimos a restaurante alguno, sino que fuimos a mi casa todos los familiares invitados, junto con los vecinos colindantes y, sentados en círculo, mi madre repartió chocolate y bizcochos, para después comer arroz o estofado de carne; por supuesto nada de aperitivos, ni cerveza, ni coca-colas. ni chuches, porque todas esas cosas todavía no se habían inventado.
Al salir de la Iglesia, no fuimos a restaurante alguno, sino que fuimos a mi casa todos los familiares invitados, junto con los vecinos colindantes y, sentados en círculo, mi madre repartió chocolate y bizcochos, para después comer arroz o estofado de carne; por supuesto nada de aperitivos, ni cerveza, ni coca-colas. ni chuches, porque todas esas cosas todavía no se habían inventado.
Ahora las Primeras Comuniones parecen
bodas. Y ya, para terminar, diré que incluso conozco a padres que hacen a sus
hijos comuniones laicas, en los restaurantes, con vestido, regalos y número de
cuenta corriente. Esto ya, sí que es el colmo de los colmos.
Albertina Reinón. Textos Íntimos

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