A medida que pasan los minutos crece el nerviosismo de la gente que
transita, intentando colocarse en los
lugares más estratégicos para vivir la experiencia de la salida del templo del
Cristo del Refugio.
Es uno de mis desfiles favoritos
de Semana Santa, pero nunca había vivido
esa experiencia espiritual, de verlo
salir de la iglesia.
Diez de la noche, se van apagando poco a poco los murmullos de la gente,
como se apagan las luces de la ciudad, y un golpe seco se oye tras las altas
puertas de madera que cierran el sacro recinto, anunciando su inmediata apertura. He tenido la suerte de encontrar un hueco justo enfrente y expectante concentro mis sentidos.
Comienzan a salir estandartes y penitentes encapuchados como rio negro y
morado acompañados de la coral que en la puerta los recibe; y al fondo, siempre
al fondo, la imagen del crucificado sobre talud de claveles rojos como su
sangre derramada.
Toda una simbología de colores de pasión y sufrimiento.
Impresiona la imagen saliendo por las puerta
del templo a hombros de penitentes, solo iluminados por la tenue luz de sus faroles y acompasados por el sonido ronco del
tambor.
Veo a este Cristo humillado
en la Cruz, como símbolo del dolor humano: de los enfermos, de los parados,
de los desahuciados, de los impedidos, de los marginados, de los oprimidos, de
las víctimas de la opulencia, de los incomprendidos…Todo el dolor humano se
concentra en el rostro de este Cristo Crucificado en esta oscura noche
alumbrada por luces de farol y acompasada por cánticos sacros, invitando a la reflexión y al recogimiento.
Albertina Reinón. Textos
Íntimos
Foto de La Opinión
Texto propio
Foto de La Opinión
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