Esta mañana
me desperté temprano; últimamente duermo poco y arrastro cansancio, acumulando
tensión en mi musculatura que se vuelve tensa y molesta.
Me acuesto
tarde y sobre las siete de la mañana o antes, ya estoy con los auriculares puestos
escuchando las noticias matinales, esperando alguna buena nueva, o en emisoras de solo música como Revive en
la 87.5 y así dormitando, espero a las nueve para levantarme; tampoco tengo
prisas a excepción del tiempo vacacional de mis nietos que son muy madrugadores,
y los tengo que cuidar, pero hoy no era el caso.
Así, que me
levanto, me ducho y se me ocurre la idea de ir a darme un masaje, cosa que no
había hecho nunca, a pesar de las recomendaciones de algunas de mis amigas que
me decían que se quedaban como nuevas.
Frecuentemente paso por la puerta de un Centro
de Estética chino en donde en grandes
carteles se incita a entrar: Masaje relajante, Reflexología podal, Manicura,
Pedicura…Terapia de relax.
Pensé para
mí, que ese sería el lugar en donde me iban arreglar mis doloridos y tensos músculos
de la espalda e incluso estaba decidida a sacarme un bono para ir con
frecuencia; menos mal que no lo hice.
Os cuento:
Entro y 3 chinitas atendiendo a clientes,
yo solicito un masaje relajante porque me dolía mucho la espalda y la
jefa designa a una masajista de una altura no más de metro y palmo, como dicen en esta tierra.
Pues bien,
allá que voy detrás de la chinita y me lleva a una cabina con camilla forrada
de rojos y dorados, ya sabéis como le gustan esos colores a los chinos, pone
una toalla grande blanca y me dice por señas que me quite la ropa de cintura
para arriba me desabroche el botón del pantalón y me tumbe boca abajo en la
camilla; hasta aquí todo normal.
Ahí vamos!
Lo primero que hace es untarme de algo resbaladizo, no sé si crema o aceite
para pasar a la acción; bueno, os diré que a los tres minutos de empezar
parecía que estaba pasando por mi
espalda de arriba abajo un tren de
mercancías de catorce vagones como mínimo. Yo al principio me reía y pensaba ya
aflojará, pero, ¡ qué va!
Aceleraba con intensidad tal su fuerza, que yo no sé de
dónde la sacaría, hasta el punto, que me hacía un daño de mil demonios cosa que le dije, a
ver si aflojaba, pero lo único que decía era:" yo no complendel, yo chino, yo
chino" y ahí continuaba estirando mis carnes hacia arriba y abajo, creyendo yo que al final carne y hueso acabarían por separarse.
Bueno, pues
así seguía y seguía y yo me quejaba de puro dolor a la par que me reía por lo grotesco de mi situación,
por lo que la chinita debería estar desconcertada y aceleraba su trabajo
asemejando sus manos ora a tren descarrilando por mi espina dorsal ora dándome
palmetazos en los omóplatos a modo de batán, con tal intensidad que me ha
dejado condolida como si me hubiera caído desde un quinto piso.
Menos mal
que es su ascenso masajil, cuando llegaba a la nuca le gritaba ¡ahí no, ahí no!
y eso si lo debió entender porque rectificaba y cambiaba de ruta porque si la
dejo, es capaz de dejarme parapléjica.
Al terminar
el masaje y pagar por el servicio las tres chinitas me hicieron una reverencia
a la par que decían “glacias, glacias” y yo les contesté:
Esperadme que vuelvo.
Albertina Reinón . Experiencias de vida

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