Hace
tiempo que no escribo, no sé si por
pereza o porque dedico mi tiempo a otros menesteres más urgentes
en el transcurrir de mis días.
Mis tiempos son cada vez más lentos ,
rezagados y cansinos, por lo que si hace unos años mi vida era un remolino de
actividad, ahora está empezando a
frenarse, ralentizarse; a veces tengo la impresión de ir cuesta arriba,
con un saco de arena en mis espaldas, de tal manera que se me hace todo
muchísimo más pesado.
Será
por eso quizás por lo que no me queda tiempo de hacer tanta cosa, o quizás
también porque ya no me da la gana de hacer tantas cosas, por una cosa o por
otra, lo cierto y verdad es que llevo ya días e incluso meses que no escribo; a
lo mejor también puede ser, porque ya no tengo nada que escribir ni que contar.
Bueno,
pues el caso es que hoy, primero del año que comienza he pensado en sacarle
punta al lápiz e intentar escribir cuatro cositas, de esas sin importancia,
como las que yo escribo, lejanas de la filosofía y la metafísica, más cercanas quizás
a la gente llana y corriente que con tanta amabilidad me lee, lo cual es de
mucho agradecer.
Y
sentada frente a la lumbre, en solitario, perdida mi mirada en el fuego, oyendo
el crepitar de los leños que se funden, unidos por la llama, vuelan mis
pensamientos desordenados como las pavesas que ascienden buscando su salida.
Es día
de Año Nuevo y en el jardín se oyen voces y risas infantiles; son mis nietos
que juegan a esconderse, o a buscar gusanos, o insectos, o a arrancar a
hurtadillas alguna flor para llevársela a su mamá.
En
vísperas de Navidad me dio por hacer dulces navideños, en un ataque de
nostalgia, recordando mi juventud y a mi madre que por estas fechas ya andaba
de amasijos y azúcares y ahora sin embargo ni los puede probar.
¡Qué
triste la vejez de mi madre! Ella no se merecía este final del camino tan pedregoso
y con tantas limitaciones; encadenada a su silla de ruedas como potro de
tortura y apagándose y consumiéndose como un viejo leño en el fuego de la vida.
Su cara
ya no es su cara, ni su cuerpo es ya su cuerpo, ni sus ojos son sus ojos, ni
sus manos son sus manos; ha pasado por ella la lava de un volcán y la ha
carbonizado en silencio robándole la alegría que siempre tuvo; aunque su piel
sigue siendo blanca como antaño fue y las rosetas de sus mejillas se resisten a
abandonarla.
Cada
tarde cuando voy a verla, me mira fijamente, sin parpadear y apenas dice tres o
cuatro palabras cuando la fuerzo con preguntas; le gusta que le coja las manos y
que la arrope y le de besos. Yo creo que ya le duelen hasta las pestañas,
aunque si le preguntas te dice que está bien.
En
cierta ocasión escribí en mi blog un post titulado “Maneras de morir” hoy su
contrapunto sería “Maneras de vivir”
Albertina Reinón. Textos Íntimos
Imagen de la red
Imagen de la red

Precioso!!!
ResponderEliminarMuchas gracias Rosa.Besos navideños
EliminarMaravilloso!! relatos que vale la pena leer, no dejes de escribir.....
ResponderEliminarMuchas gracias Elisa por tus ánimos.Abrazos
Eliminarme gusta mucho tu nostalgia
Eliminarme gusta mucho tu nostalgia
EliminarMe has emocionado, querida amiga. Hermoso tu aglomerado de sensaciones, que he disfrutado cantidad, al sentirme identificada en casi todo. Gracias y ¡Feliz año 2016! No dejes de escribir nunca ¿eh? Besicos
ResponderEliminarLola,compartimos sentimientos y puntos de vista semejantes. Abrazos.Yo también te deseo un 2016 lleno de cosas buenas.
Eliminar